¿Por qué tenemos una necesidad imperiosa de realizarnos?

Un impulso profundo esta en juego: el miedo fundamental de no ser, el miedo del aislamiento total, de vacío, de la soledad. Nuestra mente ha creado esta soledad, con sus pensamientos auto protectores y egocéntricos como “yo” y “lo mío”, mi nombre, mi familia, mi posición, mis cualidades. Pero en el fondo nos sentimos vacíos y solos, tenemos una vida que es estrecha y superficial.

Emocionalmente estamos hambrientos e intelectualmente somos repetitivos. Todo el tiempo tratamos de llenar ese vacío. Ya que nuestro yo pequeño y mezquino es una fuente de dolor, queremos, consciente e inconscientemente, perdernos en una excitación individual o colectiva, o en alguna forma de experiencia sensorial. Todo en nuestra vida: las diversiones, los libros, la comida, la bebida, el sexo, nos alienta a buscar diferentes estímulos en diferentes niveles. Nos deleitamos con esto y buscamos un estado de felicidad en mantener un placer donde nos sea posible escapar de ese yo. Todo el tiempo nuestras mentes están ocupadas en evadirse, en desear ser completamente absorbidas por algo, cautivadas por una creencia, una esperanza, un amor, un trabajo. La evasión se ha vuelto más importante que la verdad que no afrontamos.

Mientras gira alrededor de esos intereses mezquinos, nuestra mente estrecha minimiza los retos de la vida, interpretándolos con su comprensión limitada. En consecuencia, nuestra vida sufre de una falta de sentimiento intenso, fuerte, de una falta de pasión. Esto es un problema esencial. Con una verdadera pasión en el fondo de nosotros mismos, nos hacemos sumamente sensibles a la vida: la pobreza, la riqueza, la corrupción, la belleza, la naturaleza…. a todo. Nos conciernen las posibilidades que ofrece la vida en la cooperación y en la relación. Sin pasión, la vida esta vacía, carece de sentido. Si uno no siente profundamente la belleza de la vida, el desafío que esto significa, entonces ella no tiene ningún sentido. Uno funciona mecánicamente. Sin embargo, esa pasión que necesitamos es la pasión de ser.

La mayoría de nosotros no amamos ni somos amados. Tenemos muy poco amor en nuestros corazones y por esto es que lo suplicamos o lo buscamos en sucedáneos. Nuestro estado habitual es negativo, todas nuestras emociones son reacciones. De hecho, no sabemos lo que es un sentimiento positivo, lo que es amar. Mi yo, mi ego, esta siempre tomado por lo que me agrada o lo que no me agrada, lo que “me gusta” o “no me gusta”. Siempre quiere recibir, ser amado, eso me empuja a buscar el amor. Doy para recibir. Puede ser la generosidad de la mente, del yo, pero no es la generosidad del corazón. Amo con mi yo, con mi ego, no con mi corazón. Profundamente, ese yo siempre esta en conflicto con el otro y rehúsa compartir. Vivir sin amor es vivir una contradicción perpetua, es el rechazo de lo real, de lo que es. Sin ese sentimiento, uno nunca puede encontrar la verdad y toda relación humana es dolorosa.

Si no me conozco totalmente, mi mente y mi corazón, mi dolor y mi avidez, no puedo vivir el presente. Lo que debo explorar no está más allá del ser, sino en todo el proceso de su propia conciencia. Esa es la base misma a partir de la cual pienso y siento. Mi pensar tiene sed de continuidad, de permanencia. De allí viene el yo, el ego, y ese es el origen del miedo, del miedo a perder, a sufrir. Si no conozco mi inconsciente, no comprenderé el miedo y toda mi búsqueda en mi mismo estará falseada. No habrá amor y mi único interés será el de asegurar la continuidad del yo, incluso después de la muerte.

Jeanne de Salzmann

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