La vida orgánica sobre la tierra

Al hablar un día de la coordinación de todas las cosas en el universo, G. se detuvo especialmente en la cuestión de la «vida orgánica sobre la tierra».
—Para la ciencia ordinaria, dijo, la vida orgánica es una especie de apéndice accidental que viola la integridad de un sistema mecánico. La ciencia ordinaria no la liga a nada y no saca ninguna conclusión del hecho de su existencia. Pero ustedes ya deberían haber reconocido que no hay y que no puede haber nada accidental ni inútil en la naturaleza; cada cosa tiene su función precisa, y sirve a un propósito definido. Así, la vida orgánica es un eslabón indispensable en la cadena de los mundos; ésta no puede existir sin ella, tanto como ella misma no podría existir fuera de esta cadena. Ya hemos dicho que la vida orgánica transmite a la tierra las diversas influencias planetarias, y que sirve de alimento a la Luna, permitiéndole así crecer y fortificarse. Pero la tierra también crece, no en volumen, sino en conciencia y en receptividad.

Las influencias planetarias que le bastaban en cierto periodo de su existencia se tornan insuficientes; necesita influencias más sutiles. Para recibir estas influencias más sutiles, necesita un aparato receptor también más sutil. La vida orgánica debe entonces evolucionar para adaptarse a las necesidades de los planetas y de la tierra. Asimismo, en tal o cual período la luna puede satisfacerse del alimento de una cierta calidad que le trae la vida orgánica. Pero llega un momento en que este alimento deja de satisfacerla y ya no puede asegurar su crecimiento; desde ese momento, la luna comienza a tener hambre.

La vida orgánica debe estar en condiciones de saciar este hambre, de otro modo no cumple su función, no responde a su propósito. Esto significa que para responder a su propósito, la vida orgánica debe evolucionar y mantenerse al nivel de las necesidades de los planetas, de la tierra y de la luna. «El rayo de creación, tal como lo hemos tomado del Absoluto a la Luna, es como la rama de un árbol, es una rama que crece. La extremidad de esta rama, de donde salen los nuevos brotes, es la luna. Si la luna no crece, si no produce, o no se prepara a producir ningún brote, quiere decir que el crecimiento de todo el rayo de creación se va a detener, o bien que debe encontrar un nuevo medio de crecimiento, desarrollar alguna rama lateral. Al mismo tiempo, todo lo que acabamos de decir nos permite ver que el crecimiento de la luna depende de la vida orgánica sobre la tierra.

El crecimiento del rayo de creación depende entonces de la vida orgánica sobre la tierra. Si la vida orgánica desaparece o muere, toda la rama se seca inmediatamente, o, por lo menos, la parte de la rama que se encuentra más allá de la vida orgánica. La misma cosa se debe producir, aunque más lentamente, si la vida orgánica se detiene en su desarrollo, en su evolución, y ya no puede responder a las demandas que se le hacen. La rama puede secarse. Nunca hay que olvidarlo. Se han dado exactamente las mismas propiedades de desarrollo y crecimiento a la parte Tierra-Luna del rayo de creación, que a cada rama de un gran árbol. Pero el crecimiento de esta rama no está garantizado en ninguna forma; depende de la acción armoniosa y correcta de sus propios tejidos. Si uno de estos tejidos deja de desarrollarse, todos los demás hacen lo mismo. Todo lo que puede decirse sobre el rayo de creación o sobre su parte Tierra-Luna se aplica igualmente a la vida orgánica sobre la tierra. La vida orgánica sobre la tierra es un fenómeno complejo, pues todos sus elementos dependen estrechamente unos de otros. El crecimiento general no es posible sino a condición de que crezca la «extremidad de la rama». O para hablar de una manera más precisa, en la vida orgánica hay tejidos que evolucionan y otros que le sirven de alimento y de ambiente. Igualmente, en los tejidos en evolución, hay células que evolucionan y otras que les sirven de alimento y de ambiente. Y cada célula en evolución a su vez comporta partes que evolucionan y partes que le sirven de alimento. Pero siempre y en todo, hay que recordar que la evolución jamás está garantizada, que es solamente una posibilidad y que puede detenerse en todo momento y en todo lugar.

«La parte de la vida orgánica que evoluciona es la humanidad. Asimismo la humanidad también tiene una parte que evoluciona, pero luego hablaremos de eso; mientras tanto, tomaremos la humanidad como un todo. Si la humanidad no evoluciona, ello significa que la evolución de la vida orgánica debe detenerse, lo que provocará a su vez una detención en el crecimiento del rayo de creación. Al mismo tiempo, si la humanidad deja de evolucionar, se vuelve inútil desde el punto de vista de los fines para los cuales había sido creada, y como tal puede ser destruida. Así la detención de la evolución puede significar la destrucción de la humanidad.

«No tenemos indicios que nos permitan precisar en qué período de la evolución planetaria nos encontramos, ni si la tierra y la luna tendrán o no tiempo de esperar que la vida orgánica se desarrolle hasta el estado deseado de su evolución. Pero naturalmente, los que saben pueden tener informaciones exactas sobre esto, es decir que pueden definir en qué fase de su evolución se encuentra la tierra, la luna y la humanidad. En lo que a nosotros concierne, no lo podemos saber, pero deberíamos recordar que el número de posibilidades jamás es infinito.

«Por otra parte, si examinamos la vida de la humanidad tal como la conocemos en el plano histórico nos inclinamos a reconocer que la humanidad gira en un circulo vicioso. Destruye en el curso de un siglo todo lo que ha creado en otro, y su progreso mecánico de los últimos cien años se hace a expensas de muchos otros valores, tal vez mucho más preciosos para ella. En general, existen todas las razones para pensar y afirmar que la humanidad atraviesa actualmente un período de estancamiento; y el estancamiento no está lejos de la decadencia, y luego de la degeneración. El estancamiento significa que un proceso se ha equilibrado. La aparición de una cualidad cualquiera provoca inmediatamente la aparición de otra cualidad de naturaleza opuesta. El crecimiento del saber en un dominio acarrea el crecimiento de la ignorancia en otro; el refinamiento acarrea la vulgaridad; la libertad, la esclavitud; el retroceso de algunas supersticiones favorece el desarrollo de otras, y así sucesivamente.

«Ahora, si recordamos la ley de octava, veremos que un proceso equilibrado, que se efectúa de cierta manera, no puede ser modificado en cualquier momento a voluntad. No se puede provocar cambio alguno sino en ciertas «encrucijadas». Entre estas «encrucijadas» nada se puede hacer. Y si un proceso pasa por una encrucijada sin que nada suceda, sin que nada sea hecho, será ya demasiado tarde: el proceso continuará desarrollándose según leyes mecánicas; y aún si los que toman parte en este proceso ven la inminencia de una destrucción total, no podrán hacer nada. Lo repito, hay cosas que sólo pueden ser hechas en ciertos momentos, es decir en esas «encrucijadas» que, en las octavas, hemos llamado los intervalos mi-fa y si-do.

«Es verdad que para muchas personas la vida de la humanidad no se desenvuelve jamás como debería. Inventan toda clase de teorías destinadas a renovarla totalmente. Pero no bien surge tal teoría, surge otra que se le opone. Luego, cada teórico pretende acaparar todas las opiniones. En efecto, siempre encuentra partidarios. Claro está que sin embargo la vida sigue su propio curso, pero los hombres siguen creyendo en sus propias teorías o en las que han adoptado; siguen creyendo que es verdaderamente posible hacer algo. Y todas sus teorías son completamente fantásticas, sobre todo porque no toman en cuenta lo más importante: el papel tan secundario que desempeñan la humanidad y la vida orgánica en el proceso cósmico. Las teorías intelectuales sitúan al hombre en el centro de todo. ¡Como si todo no existiera sino para el: el sol, las estrellas, la luna, la tierra! Olvidan hasta la medida del hombre. su nulidad, su existencia efímera, etc. Y no temen afirmar que un hombre, si quiere, puede cambiar toda su vida, es decir organizaría sobre principios racionales. Así vemos aparecer sin cesar nuevas teorías que suscitan sus contrarias; éstas, todas juntas, con sus conflictos incesantes, constituyen sin duda alguna una de las fuerzas que mantienen a la humanidad en el estado en que se encuentra actualmente. Por otra parte, todas estas teorías «humanitarias» e «igualitarias» no son solamente irrealizables, sino que de realizarse, serían fatales. Todo en la naturaleza tiene su meta y su sentido, tanto la desigualdad del hombre como su sufrimiento. Destruir la desigualdad sería destruir toda posibilidad de evolución. Destruir el sufrimiento equivaldría ante todo a destruir toda una serie de percepciones para las cuales el hombre existe, y además a destruir el «choque», es decir, la única fuerza que puede cambiar la situación. Y es igual para todas las teorías intelectuales.

«El proceso de evolución, de esta evolución que es posible para la humanidad tomada como un todo, es enteramente análogo al proceso de evolución posible para el hombre individual. Y comienza de la misma manera: cierto número de células poco a poco se vuelven conscientes, se agrupan; este grupo atrae hacia él a otras células, subordina otras, y hace que el organismo entero sirva progresivamente a su propósito — y ya no solamente para comer, beber y dormir. Esta es la evolución, y no puede haber ninguna otra clase de evolución. Para la humanidad, como para el hombre tomado separadamente, todo comienza a partir de la formación de un núcleo consciente. Todas las fuerzas mecánicas de la vida luchan contra la formación de este núcleo consciente en la humanidad, de igual manera que las costumbres mecánicas, los gustos y las debilidades, luchan en el hombre contra el consciente recuerdo de sí.

—¿Puede decirse que hay una fuerza consciente en lucha contra la evolución de la humanidad? pregunté yo.
—Desde cierto punto de vista, se puede decir, respondió G. Anoto esta respuesta, pues parece estar en contradicción con lo que él había dicho anteriormente: que no había sino dos fuerzas en lucha en el mundo, la «conciencia» y la «mecanicidad».

—¿De dónde viene esta fuerza?

—Explicarlo tomaría demasiado tiempo. Y actualmente eso no puede tener ningún valor práctico para nosotros. Hay dos procesos a veces llamados «involutivo» y «evolutivo». Veamos su diferencia. Un proceso involutivo comienza conscientemente en el Absoluto, pero en la etapa siguiente ya es mecánico y cada vez se torna más y más mecánico. Por el contrario, un proceso evolutivo comienza semiconscientemente, y se vuelve cada vez más y más consciente a medida que se desarrolla. Pero en ciertos momentos, la conciencia también puede aparecer en el proceso «involutivo», bajo la forma de oposición consciente al proceso de evolución.

«¿De dónde viene esta conciencia? Naturalmente, del proceso evolutivo. Éste debe proseguirse sin interrupción. Cada detención tiene el efecto de quebrar el proceso fundamental. Estos fragmentos dispersos de conciencia que han sido detenidos en su desarrollo también pueden unirse, y durante cierto tiempo, vivir luchando contra el proceso de evolución. Después de todo, eso sólo lo hace más interesante. En vez de una lucha contra fuerzas mecánicas, en ciertos momentos puede haber una lucha contra la oposición intencional de fuerzas realmente muy poderosas, aunque su poder no sea comparable por cierto con el poder de las que dirigen el proceso evolutivo. A veces estas fuerzas adversas pueden aún tomar ventaja. Y esto, porque las fuerzas que dirigen la evolución tienen una elección de medios más limitada; en otros términos, no pueden hacer uso sino de ciertos medios y de ciertos métodos. Las fuerzas adversas no están limitadas en la elección de medios, pueden usar cualquiera, hasta los que no aportan sino un éxito temporal, y a fin de cuentas aniquilan a la vez la evolución y la involución.

«Pero como ya lo he dicho, esta cuestión no tiene nada de práctico para nosotros. A nosotros sólo nos importa establecer dónde comienza la evolución, y cómo prosigue. Y si recordamos la completa analogía entre la humanidad y el hombre, no será difícil establecer si la humanidad está o no en evolución.

«¿Podemos decir, por ejemplo, que la vida esté gobernada por un grupo de hombres conscientes? ¿Dónde están? ¿Quiénes son? Vemos exactamente lo contrario. La vida está en poder de los más inconscientes y de los más dormidos.
«¿Podemos decir que observamos en la vida una preponderancia de los mejores, más fuertes y más valientes elementos humanos? De ningún modo. Al contrario, vemos reinar en todas partes la vulgaridad y la estupidez bajo todas sus formas.

«¿Podemos decir, en fin, que vemos en la vida aspiraciones hacia la unidad, hacia una unificación? Nada de eso. No vemos sino nuevas divisiones, nuevas hostilidades, nuevos malentendidos.
«De manera que nada denota una evolución en la situación actual de la humanidad. Por el contrario, si comparamos a la humanidad con un hombre, vemos claramente el crecimiento de la personalidad a expensas de la esencia, es decir el crecimiento de lo artificial, de lo irreal, de lo que no es nuestro, a expensas de lo natural, de lo real, de lo que realmente es nuestro.

«Al mismo tiempo, constatamos un crecimiento del automatismo.
«La civilización contemporánea quiere autómatas. Y la gente está ciertamente en camino de perder sus costumbres adquiridas de independencia, se convierte cada vez más en robots, no son sino engranajes de sus máquinas. Es imposible decir cómo terminará todo esto ni cómo salir de ello, ni aun si puede haber un fin y una salida. Una sola cosa es segura, y es que la esclavitud del hombre no hace sino aumentar. El hombre se torna un esclavo voluntario. Ya no tiene necesidad de cadenas: comienza a amar su esclavitud y a sentirse orgulloso de ella. Nada más terrible le podría ocurrir al hombre.

G.I.Gurdjieff (Del libro de P.D.Ouspensky Fragmentos de una enseñanza desconocida. Cap.15)
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