Historia del Kurdo transcaucásico

Gurdjieff conoció en su juventud la historia del kurdo transcaucásico y sus desgracias.

El kurdo era un ignorante de las colinas, conocía poco de las formas de vida de los valles y ciudades. Apenas sabía nada de la variedad de alimentos que los habitantes de la ciudad podían disfrutar. Fue por esto que se engañó por la atractiva apariencia de una fruta que vio en una tienda en una de sus ocasionales visitas  a una ciudad y decidió gastar sus últimos dos centavos en la compra de una libra de ella.

El comportamiento del kurdo transcaucásico al descubrir el horror ardiente de los pimientos rojos que había comprado se ha convertido en un símbolo de cierta inherencia en la psique general de la gente. En lugar del enfoque aparentemente racional de poner fin a su sufrimiento; porque su último dinero se perdía en ellos, el kurdo continuó comiendo hasta que no quedó rastro.

Del libro de Gurdjieff Relatos de Belcebú a su nieto:

Este kurdo transcaucásico salió cierta vez de su pueblo, por uno u otro negocio, rumbo a la capital; una vez llegado a la misma, vio en el puesto de un frutero en el mercado, un colorido despliegue de toda clase de frutas.
En este conjunto, advirtió una sumamente hermosa, tanto por su color como por su forma, y tanto le cautivó su aspecto y tan grande fue su deseo de probarla, que, pese a no llevar casi dinero encima, decidió comprar por lo menos uno de estos magníficos bienes de la Gran Naturaleza para saborearlo.

Entonces, con gran ansiedad y con una osadía poco habitual en él, entró en el puesto y señalando la fruta con su calloso dedo le preguntó el precio al comerciante. A lo cual respondió éste que la libra de aquella «fruta» costaba dos centavos.
Convencido de que el precio no era en absoluto elevado para lo que en su opinión constituía un hermoso fruto, el kurdo de nuestra historia resolvió comprar una libra entera.

Una vez finalizados sus negocios en la ciudad, emprendió el viaje de regreso hacia su casa ese mismo día.
Mientras caminaba, a la hora del crepúsculo, por valles y montañas, percibiendo, quieras que no, la visibilidad exterior de aquellos encantadores fragmentos del seno de la Gran Naturaleza —nuestra Madre Común— e inhalando el aire puro y sin contaminar (a diferencia de la asfixiante atmósfera de las ciudades industriales de hoy), nuestro kurdo sintió repentinamente, como es natural, el deseo de regalarse con una rápida merienda; de modo que, sentándose a un lado del camino, sacó de su bolsa un pedazo de pan y la «fruta» que lo había cautivado con su tentador aspecto en el puesto del mercado, y comenzó a comer alegremente.

Pero… ¡Horror de los horrores!… No bien había dado el primer bocado cuando todo su interior comenzó a arder. Pero a pesar del fuego que lo abrasaba, siguió comiendo.
Así pues, esta infortunada criatura bípeda de nuestro planeta siguió comiendo, gracias tan sólo a aquella peculiar característica humana que mencioné más arriba; me refiero al principio que intentaba convertir, cuando me decidí a usarlo como base de la nueva forma literaria por mí creada, en, por así decirlo, la guía de todos mis actos, conducente a uno de los objetivos perseguidos; principio cuyo sentido y significación no tardará el lector, estoy seguro, en captar —claro está que de acuerdo con su grado de comprensión— en el transcurso de la lectura de cualquier capítulo posterior de mis escritos, si, por supuesto, se decide a correr el riesgo de seguir avanzando en la lectura del libro; o quizás, también podría suceder que incluso antes de finalizar este primer capítulo ya «olfateara» algo.

Así pues, precisamente en el momento en que nuestro kurdo se hallaba abrumado por las insólitas sensaciones que su extraña merienda procedente del seno de la Naturaleza le había provocado, se aproximó por el mismo camino un vecino de su pueblo, vecino éste altamente reputado por cuantos lo conocían como hombre de ingenio y de vasta experiencia; y así que advirtió cómo la cara del kurdo parecía abrasada por las llamas, y sus ojos inundados de lágrimas y que, pese a todo esto, proseguía comiendo como si se hubiese tratado del cumplimiento de un deber impostergable, le dijo:

—¿Pero qué estás haciendo, borrico de Jericó? ¡Te vas a quemar vivo! Deja ya de comer esos ‘pimientos picantes’ a cuyo extraordinario sabor no está acostumbrada tu naturaleza.
A lo cual replicó el kurdo:
—¡Jamás!; por nada del mundo los dejaría yo de comer. ¿No me gasté acaso mis últimos dos centavos en comprarlos? Aunque mi alma se separe aquí mismo de mi cuerpo seguiré comiendo hasta terminarlos.

Por lo cual nuestro decidido kurdo —claro está que no podemos dudar ya de su resuelto carácter— lejos de tirar los pimientos, siguió comiéndolos ávidamente.

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